Dormirse


La persiana del salón estaba entreabierta. Entre las ranuras entraba una tenue luz propia de los primeros y de los últimos rayos del día.

Se oía un rumor de fondo: el leve sonido de la televisión encendida se mezclaba con los coches y el tráfico de la calle apenas dejando escuchar la respiración tranquila y entrecortada de Mario, que dormía plácidamente en el sofá. Más que tumbarse, parece que se había dejado caer sobre el mueble que ahora usaba como cama; y que a juzgar por las apariencias, llegaba un largo tiempo usando como tal.
Su pelo estaba revuelto y su ropa, arrugada, empezaba a cambiar de sitio: los pantalones largos querían hacerse cortos y comenzaban a mostrar las piernas de Mario, la camiseta aparentaba ser de manga larga, pero sus codos empezaban a aflorar y las gafas… las gafas habían llegado a encuadrar las cejas de Mario. A su lado y tambaleándose en el borde del sofá estaba el mando a distancia, que aún no había decidido si quedarse durmiendo con su dueño o suicidarse lanzándose al vacío.

Finalmente decidió saltar a ver qué pasaba…

 ¡!

Mario se despertó sobresaltado, ¿qué hora era? ¿se había dormido? ¿cuándo? ¿cuánto llevaba en el sofá? Le dolía todo, tenia los brazos entumecidos y las piernas apenas le hacían caso. Se colocó las gafas mientras buscaba con la mirada el reloj… ¡¡las siete!! ¡¡LLEGABA TARDE!! ¡¡¡LLEGABA TARDÍSIMO!!!… mierda, mierda… se lavó la cara con prisa… llegaba tarde… se ató los zapatos… su segundo día, no podía llegar tarde… cogió las llaves, el móvil, la cartera… bajó por las escaleras casi deslizándose y, por fin llegó a la calle… a una calle… a una calle llena de gente, pero eran las siete ¿dónde iban? ¿qué hacían despiertas? Mario, aún medio dormido, miró el móvil: 19:12, suspiró y dio media vuelta…